Hasta siempre
La pérdida de mi compañero de andanzas esta siendo para mi un dolor único e irrepetible, mas cuando se me ha ido de una forma tan trágica, una experiencia que hay que vivir para poderla entender; echo de menos su olor, sus ladridos, sus juegos.
Pocas pérdidas me pueden doler tanto como la de mi Yaky: han sido algo mas de cuatro años de complicidad, de entrega mutua y de compañerismo, de visitas al Patronato, que él pacientemente soportaba mirando tras los bajos de los opacos cristales, siempre para que Antonio no se enfadara, de idas y venidas al Kung Fú, para buscar ese jamoncito que mi amigo Pepe cariñosamente cada día le daba.
Busco en todos los rincones de la casa, y, al no encontrarlo, me invade un vacío profundo. El dolor se agolpa en mi pecho y, aunque intento controlarlo, las lágrimas comienzan a rodar por mi cara. Ya no me queda mas esperanza que como allá por el año ochenta y tres dijera Manuel Benítez Carrasco:
“Que ya se tiende a mis pies,
a tiernos aullidos habla,
ladra para hablar más fuerte,
salta, gira; gira, salta;
llora, ríe; ríe, llora;
lengua, orejas, ojos, patas
y el rabo es un incansable
abanico de palabras…
Hacia el cielo de los perros
se fue, anda que te anda,
las orejas de relente
y el hociquillo de escarcha.
Portero y dueño del cielo
San Roque en la puerta estaba:
ortopédico de mimos,
cirujano de palabras,
bien surtido de intercambios
con que curar viejas taras…
Vamos, pues, perrito mío,
vamos, anda que te anda,
con nuestra cojera a cuestas,
con nuestra tristeza en andas,
yo por mis calles oscuras,
tú por tus calles calladas.”



